
El pasado 20 de Abril, un incendio llevó al hundimiento de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon y al derramamiento de crudo más grande de la historia del planeta. Sus graves repercusiones para el ecosistema y la población son un recuerdo de los impactos generados por nuestra adicción a los hidrocarburos y de los riesgos de la extracción petrolera en altamar.
Dos días después del incidente se dio inicio a la ardua tarea de limpiar el derrame y de tratar de taponar la fuga que aun sigue sin estar totalmente sellada. Dependiendo de quien dé las cifras, se estima que entre 20.000 y 40.000 barriles de crudo van a parar diariamente al océano (un barril contiene aproximadamente 158 litros de crudo) y para mediados de Mayo la mancha negra tenía el tamaño de Puerto Rico y podía ser vista desde el espacio. Debajo de la superficie, enormes “columnas” de petróleo se siguen formando (hasta de 10 kilómetros de largo), mientras pequeñas costras de petróleo, constituidas a partir de los químicos aplicados en la superficie, continúan posándose sobre el lecho marino y en las playas caribeñas. Las costas de Luisiana, Misisipi, Florida y Alabama en Estados Unidos, al igual que las costas de Méjico e incluso las de Cuba están siendo afectadas y el daño podría de alcanzar los humedales de otros países.
Las soluciones tampoco son prometedoras. Quemar el crudo que queda en la superficie, colocar barreras físicas en las costas, o utilizar poderosos disolventes como el corexin del cual ya se vertieron más de 2.5 millones de litros durante el primer mes de la fuga, poco impactan el grueso del derrame. Este y otros poderosos detergentes perduran en el ecosistema por algún tiempo y algunos expertos ratifican que no son seguros para la fauna marina y su impacto a largo plazo tampoco ha sido cuantificado. Las graves consecuencias de la llegada del crudo en los manglares y otras zonas costeras, es que allí nacen y se reproducen gran parte de los animales marinos al igual que numerosas especies de aves, reptiles y anfibios ahora cubiertos de petróleo y con su hábitat totalmente destruido.
En el Golfo de Méjico existen en la actualidad más de 4000 plataformas activas extrayendo gas y petróleo de profundidades que van hasta los 9000 metros. Así mismo, se divisan grandes planes de explotación en las costas africanas, al igual que en países como Brasil y Canadá, mientras los avances tecnológicos hacen posible la exploración y extracción de reservas antes fuera del alcance de las grandes corporaciones.
La industria petrolera y los propios gobiernos de países que controlan las reservas quieren dejar de ser regulados, de lidiar con el escrutinio público y de desligarse de cualquier obstáculo que algún gobierno o entidad les imponga para su explotación. La fauna, la flora y incluso las comunidades costeras que viven de la pesca y el turismo poco importan para los intereses económicos de quienes se lucran con el petróleo. BP por ejemplo, ha demostrado estar más interesada en sus accionistas que en el bien público. Las repetidas multas por falta de control y manejo seguro del personal y de sus instalaciones, la retención de información valiosa sobre el derrame, los repetidos problemas en sus refinerías que en Marzo 23 de 2005 causaron la muerte de 15 trabajadores al igual que en Marzo 2 de 2006 en donde más de 200.000 galones de petróleo se derramaron en Alaska por falta de mantenimiento en los oleoductos, muestran por parte de BP una realidad opuesta a su mensaje de conservación e interés por el público.
No es la primera vez que un desastre de este tipo pasa y el ideal es que se convierta en prioridad la regulación de las explotaciones petroleras, para que las compañías extractoras estén mejor preparadas ante cualquier eventualidad, para que se restringa la extracción de petróleo en aguas profundas por el riesgo que esto genera y para que se implementen de una vez por todas alternativas mucho más limpias, seguras y confiables a los hidrocarburos si se pretende conservar el planeta. Se debe recurrir al uso masivo de energías renovables y a la implementación de políticas ambientales profundas y concretas antes de que la marea negra se siga expandiendo.
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