Lo más aterrador de un asesino es que parezca tan común y corriente como cualquier persona. Que sea incapaz de observarse actuando ni de reflexionar sobre lo que está haciendo, ni de salirse de sí mismo y mirar el mundo desde la perspectiva de la otra persona. Igual de peligroso es aquel que sabe lo que busca y justifica sus pensamientos con acciones. Esta es la diferencia entre el no-pensar y el pensar desde la barrera de la intolerancia.
En el primer caso tenemos a Adolf Eichman, uno de los principales organizadores del Holocausto Nazi, capturado en Argentina y llevado a juicio en Israel. La filósofa política Hannah Arendt lo siguió de cerca y en su famoso libro Eichman en Jerusalén, la banalidad del mal afirma que Eichman era irreflexivo y que por más que se intentara no se encontraban rasgos perturbadores en su personalidad. El solo hacia su trabajo, al igual que miles de hombre y mujeres alemanes que trabajaban día a día en los campos de concentración Nazi; y en su caso particular, era como estar si estar, simplemente cumpliendo a cabalidad las ordenes, deshumanizando a los demás y sin mostrar el menor rasgo de arrepentimiento.
En el otro espectro tenemos a aquellas personas que piensan y planean sus acciones con un fin y una ideología en mente. Tal es el caso de Anders Behring Breivik quien el pasado 22 de Julio asesinó a sangre fría a 69 personas en la isla de Utoya, más otros 8 en una bomba en un edificio gubernamental de Oslo. Al igual que Jared Lee, quien en Tucson Arizona disparó a la congresista Gabrielle Gifford y mató otras seis personas a comienzos de este año, ambos justificaron sus acciones con escritos de ultraderecha a modo de legitimar su ideología. La recuperación de los “auténticos” valores cristianos y la inmigración de ciudadanos del “tercer mundo” han sido la bandera para que grupos y personas radicales expongan su intolerancia y su falta de pensamiento crítico.
A través de la historia el conflicto humano y la violencia han encontrado la forma de canalizarse y salir a flote bajo el manto de cualquier doctrina. El problema es que si se culpa a toda la sociedad, la responsabilidad se diluye y nadie termina pagando. De allí la importancia de un pensamiento crítico que analice las inconsistencias de fondo en cuanto a opiniones, pensamientos y juicios racionales.
Lo peor es que el mundo en vez de analizar, comprender y combatir las causas del fanatismo y la intolerancia, se lava las manos afirmando que estos individuos son simplemente desadaptados o enfermos mentales y no el producto de la sociedad en la que viven. Bien diferente hubiese sido la historia donde el francotirador no fuese noruego y blanco sino inmigrante y musulmán. Estaría toda Europa y el mundo occidental condenando a toda una raza por considerarla extremista y sectaria.
Cuando el pensamiento se transforma en acción pero esa acción es reprochable se cae en el dilema de si es mejor observar pasivamente o ejercer la libertad ideológica. No obstante el pensamiento crítico es esencial ya que cuestionar la sociedad y sus sistemas solo sirve para hacerlos mejores. Si embargo, la libertad de pensamiento también conlleva una responsabilidad ya que conocer mucho y ser inteligentes no significa tener racionamientos éticos y morales acertados. Como afirmaba Sócrates “la realidad existe pura y exclusivamente porque nosotros la construimos” y en este sentido se aplica el dicho de que siempre se peca sea por acción o por omisión. Por eso hay que estar atentos y ser escépticos antes cualquier asomo de intolerancia y fanatismo de cualquier tipo en una sociedad en la que se hace cada vez más fácil difundir cualquier manera de pensar por dañina y peligrosa que sea.





