Todo comenzó el 3 de Marzo del año pasado con la inmolación de Abdesslem Trimech, dirán algunos, o el 17 de Diciembre de 2010, aseverarán otros, cuando el tunecino Mohamed Bouazizi quien no aguantó mas tanta injusticia y humillación luego de que la policía destruyera su pequeño negocio procedió a prenderse fuego frente a un edificio gubernamental. Incluso se podría afirmar que el descontento no apareció de la noche a la mañana, que los pueblos también se cansan de esperar las bondades de unas autocracias cada vez más opresoras y corruptas. Del oportunismo de unos tiranos cuyas riquezas y herencias nunca son cuestionadas. Este es el panorama de lo que actualmente acontece en el Medio Oriente y el Norte del África, con una revolución que aun aspira a ser distinta, independiente y capaz de sustituir el status quo imperante en la región.
Las tensiones siguen creciendo en Algeria, Jordania, Yemen, Siria y Bahrein. En países como Egipto y Túnez las protestas se mantienen a pesar de la instauración de regímenes de transición, mientras que en Libia ya llueven bombas contra las fuerzas del régimen de Gadaffi.
Desde nuestra perspectiva occidental tendemos a analizar el problema como peleas entre tribus sectarias y fanáticas, corrientes religiosas o modelos de izquierda y derecha, tal y como los que imperan en nuestra región, siendo el debate de fondo mucho más complejo. Claro que no se pueden desconocer los intereses económicos y estratégicos de los países de occidente sobre la región, como en Bahrein donde, por ejemplo, opera la Quinta Flota de la armada Estadounidense. Pero tampoco se puede pensar que los levantamientos se deban única y exclusivamente a infiltraciones de la CIA, intereses de occidente o al apoyo de grupos terroristas sectarios como lo han hecho creer gobiernos como el de Israel o Libia.
Es verdad que cada país tiene su historia y que de alguna u otra manera ha dado lugar a las monarquías o dictaduras que imperan en la actualidad, unas apoyadas por movimientos populares, mientras que otras fueron promovidas por las potencias capitalistas en busca de asegurar su riqueza petrolera. En el caso de Libia, por ejemplo, Gadaffi salió victorioso de una revolución socialista durante los años setenta. En sus comienzos creó un sistema de salud y educación gratuita, así como una reforma agraria integral que ilusionó a los jóvenes de la época que no paraban de leer su Libro Verde. Pero con el paso de los años la corrupción y la tiranía tornaron a su régimen en uno tan autoritario y cruel que abiertamente llamaba a matar miembros de la oposición sin importar en que país se encontraran a la vez que glorificaba ciertos los ataques terroristas.
Lo que se vive actualmente en el medio Oriente y el Norte del África es la decepción por una causa en donde las injusticias también se tornan en un deseo de cambio hacia la posibilidad de un modelo más democrático y que esté acorde con los principios islámicos, si es que es posible. Allí es donde occidente debe entender que los pueblos están dispuestos a tomar las riendas de su propio destino y que no necesitan que las potencias les digan que hacer y que no.
Sin embargo, la realidad es otra. En entrevista a la revista Forbes, el economista Wallace Forbes aseveró que: “el dictador es considerado un hombre fuerte y de respeto cuando está de lado de occidente, pero es un tirano cuando no” (Revista Forbes Marzo 3, 2011). Está bien condenar a Gadaffi por bombardear a su propio pueblo pero ni una palabra se ha dicho sobre otros regímenes autoritarios que no han dudado en disparar a su propia, gente como en el caso de Bahrein o Siria.
Entre tanto primen los intereses globales por el petróleo, esta nueva revolución islámica va a tener muchas dificultades en salir adelante por su propia cuenta, sobre todo en países como Qatar o Arabia Saudita en donde los intereses económicos son aun mayores. En el pasado nunca importó que estas dictaduras oprimieran a sus pueblos siempre y cuando siguieran negociando con el petróleo. Y finalmente, si esta revolución lo que busca es mayor autonomía, nuevas constituciones y elecciones libres para satisfacer intereses políticos y económicos locales sin injerencias extranjeras ni infiltraciones terroristas, entonces, que prime la revolución.
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