lunes, 23 de noviembre de 2009

Darwin y su legado

En Septiembre de 2008 la Iglesia de Inglaterra publica un artículo en donde se retracta por su “reacción equivocada” y malentendidos a causa de los debates por la publicación en 1859 del libro “El Origen de las Especies” de Charles Darwin. Así mismo en Febrero de este año, la moneda de dos Libras Esterlinas en el Reino Unido muestra la cara de este gran naturalista como conmemoración de los 200 años de su nacimiento en 1809. Un legado que ha dado lugar a una intensa discusión e interpretaciones que se siguen manejando alrededor de su teoría.

Darwin, de familia Unitaria que luego adopta el Anglicanismo, parte a bordo del H.M.S. Beagle en un viaje de cinco años por las costas de Sudamérica, África y el Pacífico, poniendo a prueba su capacidad de observación, su espíritu emprendedor y su hambre de conocimiento mientras manejaba rigurosos apuntes en su diario que mas adelante moldearían la teoría de selección natural.

En las costas de Brasil queda profundamente disgustado al ver los excesos de la esclavitud; en la Patagonia, a pesar de que mantenía su visión etnocentrista y consideraba a los nativos “salvajes’, al mismo tiempo los consideraba de la misma especie que la blanca y no una raza inferior; y al volver a Inglaterra, escribiría unos años después, afirmaba que donde quiera que llegaba los europeos, la muerte solía perseguir a los aborígenes.

En su sutil y singular estilo, siempre trató de no usar la palabra evolución. No quería contravenir los designios de una iglesia que 250 años atrás había encarcelado a Galileo por afirmar que la tierra no era el centro del universo y que durante las Cruzadas, había arrasado pueblos y matado en nombre de Dios, de la salvación y de la idea creadora.

Mas adelante, el 22 de noviembre de 1989, publica las primeras copias del “Origen de las Especies” con una acogida popular y una repercusión internacional que nunca pensó posible. Desde este punto en la historia, las críticas a su teoría y la influencia de la religión sobre la ciencia cambiarían de manera. La teoría de Darwin, para algunos, hacía casi imposible corroborar que los actos del todopoderoso podían explicar las leyes de la naturaleza; mientras que para otros, era la irrefutable confirmación de la sabiduría infinita del ser creador. Entre tanto, Darwin seguía dedicado a sus escritos hasta el punto de enfermarse constantemente. Se declaraba agnóstico mas nunca negó la existencia de Dios y no comprendía porque se tomaba la Biblia como un libro estrictamente histórico.

Pero su legado va mas halla del debate entre la ciencia y la religión. El Darwinismo, movimiento desarrollado a partir de su teoría, posteriormente fue invocado para seguir justificando el colonialismo y el genocidio de “razas inferiores” como medio de alcanzar la pureza de raza a modo de selección natural. También lo utilizó el ejercito Nazi como excusa para esterilizar judíos. Incluso algunos economistas llegaron a fundamentar el capitalismo y el libre mercado sobre la base de la teoría de supervivencia de los más aptos.

Para otros, por el contrario, la teoría de selección natural de Darwin nos demuestra como todos somos iguales y descendientes directos de un ancestro común. Termina con el discurso de superioridad en los seres humanos sobre las demás especies. Y como lo dijo uno de los grandes protectores del medio ambiente George O Wilson “nos demuestra que debemos proteger nuestros recursos para protegernos a nosotros mismos.”

Darwin, no cabe duda, ha sido una de las figuras más eminentes y a la vez polémicas en la historia de la humanidad. Su teoría y su pensamiento se han convertido en ángel para unos y en demonio para otros. Pero en el fondo, su mente inquisitiva pretendía dar luz a las ideas que podrían mejorar la convivencia del ser humano, que nos llevarían a entender mejor el planeta en que vivimos y que lograrían revolucionar toda una época.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Historia del Artico

Amagoalik tenia tan solo cinco años cuando sintió por primera vez el paralizante frió Ártico. A pesar de haber vivido con su clan por generaciones cerca de Inukjuaq, al Norte de Québec, nunca comprendió porque tuvo que abandonar los lugares en los que dio sus primeros pasos, ni porque él, junto con toda su familia y otras 17 más, eran trasladados a miles de kilómetros de distancia, expatriados de su propia tierra, desterrados de su pasado. Los valles, las colinas, los ríos, y todo lo que una vez le fue tan familiar, ahora pasaría a ser solo un recuerdo en su memoria, un hilo delgado que poco a poco se iría deshilvanando.

Estaba muy joven para recordar muchos detalles, pero el recuento de lo sucedido por sus ancestros, la claridad que procura la madurez y la lucha incansable por perpetuar su cultura, le habían dado las herramientas para comprender el confuso pasado. Rememora un poco a los policías sacándolos de sus hogares y enviándolos a estas tierras remotas con la promesa de una mejor vida.

Hoy, cincuenta y siete años después, hace parte de los Innuit, banda ancestral que clamó el Ártico hace más de 2000 años, utilizando y conservando la actual soberanía canadiense cerca del Polo Norte. Quedaron atrás los tiempos en que los niños indígenas eran separados de sus padres y obligados a vivir a internados, en donde aprenderían las “buenas costumbres” del blanco y la piadosa Fe Católica.

Amagoalik aun siente las secuelas de ese pasado. Es que no fue nada fácil aguantar un invierno de hasta -60oC y en total oscuridad por seis meses del año. Ni poder conciliar el sueño en el verano con un sol resplandeciente durante 24 horas. Su familia aprendió a sobrevivir cazando focas, cuidándose de los osos, a venerando el espíritu de las ballenas. Todo fue una lección de resistencia y el gobierno nunca se disculpó. Sin embargo Amagoalik mantuvo su lucha para buscar compensación por lo sucedido y contribuyó a la creación de Nunavut, la tierra de los Innuit, el primero de Abril de 1999.

Olvidados hace decenios, ahora son nuevamente el foco de atención. La soberanía canadiense está en juego. Los demás países nórdicos se la disputan. Sin embargo, esta vez no es nada diferente. A los hombres blancos no les interesa la cultura Innuit, salvo por algunas artesanías y souvenires en las tiendas de centros turísticos. Los ojos del mundo están puestos en los recursos naturales cada vez más accesibles como consecuencia de los cambios climáticos.

Si ya fueron desplazados una vez, si su cultura fue diezmada sin mucho pundonor, no será difícil que pase nuevamente. Todo sea en nombre del progreso, del GDP Canadiense y del honor de mantenerse entre las potencias más grandes y más “desarrolladas” del primer mundo.

lunes, 20 de julio de 2009

Reconociendo el alma del nuevo mundo

“Pocos vieron lo que todos miraban. Este fue el caso de las oleadas de conquistadores europeos que llegaron al Nuevo Mundo.”

La Europa Medieval, la Europa de las guerras, comenzaba a perder su misticismo y su magia, depuesta ante la cruz y las espadas. Ya los bosques dejaban de estar habitados por duendes, hadas y brujas. Los horrores habían diezmado el espíritu europeo, mientras el racionalismo comenzaba a colmarlo todo.

En este momento histórico llega el rumor del Nuevo Mundo. De la tierra y de las historias en donde todas las fantasías del medioevo se tornarían reales con leyendas de monstruos, ciudades de oro, ejércitos dorados, Amazonas guerreras y lagunas con tesoros escondidos. Las guerras contra los Turcos, los Franceses, los Moros y las tribus de Oriente, habían desgastado a estos combatientes que ahora veían en estas nuevas tierras su viaje hacia la reivindicación. Podrían al fin consagrarse guerreros, príncipes o mártires, en un territorio por clamar, en una América por conquistar.

Sin embargo, muy pocos se dieron a la tarea de descubrir la verdadera América vista a través de los ojos de sus habitantes. Mas bien querían traer a esa Europa tan añorada, e imponerla sobre lo que consideraban caótico y salvaje. Por eso la Sabana de Bogotá con sus paisajes y su clima, les rememoraba las campiñas europeas; y así llegaron el trigo y los garbanzos, cansados de comer el maíz y las frutas del nuevo mundo consideradas malsanas y a veces hasta malditas, prohibidas y deformes.

Le negaron a la razón esos verdes parajes de las cordilleras tropicales, rechazaron cualquier cosa que no se acercara a lo que creían culto, bueno y moderno. Claro que no se puede negar que quizás, en muchas ocasiones durante las expediciones de esas tierras que en un futuro conformarían a Colombia, los europeos se sintieran sobrecogidos ante la majestuosidad y la prominencia que encontraron. Algunos relatos subsisten sobre la sensación de miedo al encontrar los gigantes de piedra en la región de San Agustín, o la grandeza del río Amazonas junto con sus serpientes y caimanes devora hombres, los misteriosos relámpagos del Catatumbo, o el misticismo de la Ciudad Perdida, escondida bajo la niebla en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Ya lo relataba el escritor colombiano William Ospina en su libro “Las Auroras de Sangre”, cuando cuenta como el Cronista de Indias Juan de Castellanos, llegó a estas tierras para redescubrirlas. Para ver “lo que todos miraban pero nadie quería ver”. Junto con él, un puñado de visionarios se atrevió a “profanar” esa lengua castellana que la España imperial creía tan completa y perfecta. Palabras como atarraya, bohío, hamaca, guadua, caimán, canoa, jaguar, chigüiro y marañón, se incrustaron en sus poemas y leyendas. Luego poblaciones como Muzo, Duitama, Anserma, Medellín, Bogotá, o Cali, fueron nombradas como un pequeño reconocimiento hacia los antiguos habitantes de esas mismas tierras de las que fueran desterrados o exterminados.

Pero ¿De qué otra forma hubiera sido posible nombrar la diversidad Americana? ¿De qué otra manera se tendría un recuerdo, al menos simbólico, de quienes moraban esos ricos e inmensos parajes? El lenguaje español en América se estaba enriqueciendo, ante la displicencia de la culta Europa que aun no asimila esa mezcla, ni ese amasijo de vocablos, colores y aromas tropicales.

Esa tarea emprendedora de reconocer el Nuevo Mundo, la continuó el naturalista Alemán Alexander von Humboldt, con sus innumerables viajes a través de América; la continuaron el Español José Celestino Mutis, el erudito colombiano Francisco José de Caldas, Agustín Codazzi, Jorge Tadeo Lozano, y muchos otros expedicionarios cuyos aportes al reconocimiento de esa flora y de esa riqueza, los llevó a luchar por la independencia y la justicia de lo que sería en un futuro una Colombia diversa.

Esta tarea les ha dado credibilidad a su trabajo y a sus nombres en instituciones educativas y de investigación Y su legado sigue estando enmarcado en una etapa histórica que ayudó al reconocimiento de nuestra patria. Paradójicamente, esta tarea de “ver” y que pocos quisieron atender, la ha ido acopiando por miles de años los pueblos indígenas. De las cenizas de la conquista, surge un pueblo y un país que comienza a tener identidad con su entorno, pero que lastimosamente aun no termina de reconocerse. Aquí radica el aceptar nuestro espíritu americano, legado de las conquistas y de las Primeras Naciones que conservan su destino al amparo del planeta mismo.

Naturaleza vs.crecimiento economico

NATURALEZA vs. CRECIMIENTO ECONÓMICO


A causa de la mayor preocupación por los cambios climáticos y los efectos actuales del uso indiscriminado de los recursos, el ser humano comienza a replantearse la relación entre la naturaleza y la economía. Las metas de crecimiento económico, la noción del medio ambiente como algo externo o ajeno al ser humano, y el manejo global de los recursos naturales, están contribuyendo a que nuestra especie cause efectos irreversibles sobre la tierra.

Por muchos siglos se creyó que los recursos del planeta eran ilimitados incluyendo el agua, minerales, aire, animales, plantas, etc. Peor aún, muchos seres humanos siguen pensando que lo son. Mientras los economistas abogan a las cifras de productividad y crecimiento económico para medir nuestra prosperidad, los demás respaldamos el desarrollo científico como la salvación a todos nuestros problemas ambientales. Pero hemos perdido, o no alcanzamos a apreciar la magnitud del daño que se le esta haciendo al planeta. Mientras veamos a la naturaleza como algo externo que no nos afecta y con la cual tenemos cada vez menos contacto, nuestros conceptos seguirán sesgados. A pesar de que el aire, el agua, y los alimentos son esenciales para nuestra supervivencia, el hombre los sigue contaminando. Se siguen arrasando bosques para cubrir las necesidades muchas veces superfluas de los seres humanos.

Las metas de crecimiento económico afectan a nuestro planeta, por la sencilla razón de que no podemos crecer para siempre, aunque muchas personas sostengan lo contrario. La realidad es que los recursos en el planeta son limitados y agotables. Además, ese crecimiento va supeditado a un detrimento en los recursos ambientales, osea, mientras mas se extraigan, menos va a quedar en el futuro. Que sentido tiene echar basuras al agua que en futuro tendremos que beber, o polucionar el aire que luego vamos a respirar. Que nos cuesta mas? conservarlo limpio?, o gastar mas en salud, en plantas purificadoras, o en enfermedades?

Por ultimo, la humanidad sigue pagando un alto precio en perdida de biodiversidad debido al manejo global de los recursos naturales. Las políticas de estado dictaminadas en su mayoría por empresarios y abogados, poco saben de tecnología o de medio ambiente solo se fijan metas económicas. Ahora todos los países “ricos” que en un pasado agotaron sus recursos, están ahora utilizando los recursos de los llamados “países del tercer mundo”. Se debe dejar de lado el concepto de que si algo no se esta explotando es improductivo, o de cuantificar toda la naturaleza por su valor económico que es solo una parte de su valor real.

Absolutamente todos, incluyendo nuestros dirigentes, debemos tomar conciencia de que si no hay un cambio radical al uso desmedido de nuestros recursos, todas las especies vivas del planeta van a desaparecer incluyendo al hombre. Los defensores del crecimiento económico han olvidado que sin la naturaleza, no podremos sobrevivir, y por lo tanto es irreal el crecimiento “ilimitado” que se plantean los economistas. Comenzar a valorar seriamente nuestros hábitos de consumo servirá para que nuestro “modo de vida” esté más acorde con las leyes de la naturaleza y apreciemos el que somos parte del ecosistema y no entes independientes con poder sobre la tierra.