Amagoalik tenia tan solo cinco años cuando sintió por primera vez el paralizante frió Ártico. A pesar de haber vivido con su clan por generaciones cerca de Inukjuaq, al Norte de Québec, nunca comprendió porque tuvo que abandonar los lugares en los que dio sus primeros pasos, ni porque él, junto con toda su familia y otras 17 más, eran trasladados a miles de kilómetros de distancia, expatriados de su propia tierra, desterrados de su pasado. Los valles, las colinas, los ríos, y todo lo que una vez le fue tan familiar, ahora pasaría a ser solo un recuerdo en su memoria, un hilo delgado que poco a poco se iría deshilvanando.
Estaba muy joven para recordar muchos detalles, pero el recuento de lo sucedido por sus ancestros, la claridad que procura la madurez y la lucha incansable por perpetuar su cultura, le habían dado las herramientas para comprender el confuso pasado. Rememora un poco a los policías sacándolos de sus hogares y enviándolos a estas tierras remotas con la promesa de una mejor vida.
Hoy, cincuenta y siete años después, hace parte de los Innuit, banda ancestral que clamó el Ártico hace más de 2000 años, utilizando y conservando la actual soberanía canadiense cerca del Polo Norte. Quedaron atrás los tiempos en que los niños indígenas eran separados de sus padres y obligados a vivir a internados, en donde aprenderían las “buenas costumbres” del blanco y la piadosa Fe Católica.
Amagoalik aun siente las secuelas de ese pasado. Es que no fue nada fácil aguantar un invierno de hasta -60oC y en total oscuridad por seis meses del año. Ni poder conciliar el sueño en el verano con un sol resplandeciente durante 24 horas. Su familia aprendió a sobrevivir cazando focas, cuidándose de los osos, a venerando el espíritu de las ballenas. Todo fue una lección de resistencia y el gobierno nunca se disculpó. Sin embargo Amagoalik mantuvo su lucha para buscar compensación por lo sucedido y contribuyó a la creación de Nunavut, la tierra de los Innuit, el primero de Abril de 1999.
Olvidados hace decenios, ahora son nuevamente el foco de atención. La soberanía canadiense está en juego. Los demás países nórdicos se la disputan. Sin embargo, esta vez no es nada diferente. A los hombres blancos no les interesa la cultura Innuit, salvo por algunas artesanías y souvenires en las tiendas de centros turísticos. Los ojos del mundo están puestos en los recursos naturales cada vez más accesibles como consecuencia de los cambios climáticos.
Si ya fueron desplazados una vez, si su cultura fue diezmada sin mucho pundonor, no será difícil que pase nuevamente. Todo sea en nombre del progreso, del GDP Canadiense y del honor de mantenerse entre las potencias más grandes y más “desarrolladas” del primer mundo.
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