lunes, 22 de agosto de 2011

Pensar y No Pensar


Lo más aterrador de un asesino es que parezca tan común y corriente como cualquier persona. Que sea incapaz de observarse actuando ni de reflexionar sobre lo que está haciendo, ni de salirse de sí mismo y mirar el mundo desde la perspectiva de la otra persona. Igual de peligroso es aquel que sabe lo que busca y justifica sus pensamientos con acciones. Esta es la diferencia entre el no-pensar y el pensar desde la barrera de la intolerancia.

En el primer caso tenemos a Adolf Eichman, uno de los principales organizadores del Holocausto Nazi, capturado en Argentina y llevado a juicio en Israel. La filósofa política Hannah Arendt lo siguió de cerca y en su famoso libro Eichman en Jerusalén, la banalidad del mal afirma que Eichman era irreflexivo y que por más que se intentara no se encontraban rasgos perturbadores en su personalidad. El solo hacia su trabajo, al igual que miles de hombre y mujeres alemanes que trabajaban día a día en los campos de concentración Nazi; y en su caso particular, era como estar si estar, simplemente cumpliendo a cabalidad las ordenes, deshumanizando a los demás y sin mostrar el menor rasgo de arrepentimiento.

En el otro espectro tenemos a aquellas personas que piensan y planean sus acciones con un fin y una ideología en mente. Tal es el caso de Anders Behring Breivik quien el pasado 22 de Julio asesinó a sangre fría a 69 personas en la isla de Utoya, más otros 8 en una bomba en un edificio gubernamental de Oslo. Al igual que Jared Lee, quien en Tucson Arizona disparó a la congresista Gabrielle Gifford y mató otras seis personas a comienzos de este año, ambos justificaron sus acciones con escritos de ultraderecha a modo de legitimar su ideología. La recuperación de los “auténticos” valores cristianos y la inmigración de ciudadanos del “tercer mundo” han sido la bandera para que grupos y personas radicales expongan su intolerancia y su falta de pensamiento crítico.

A través de la historia el conflicto humano y la violencia han encontrado la forma de canalizarse y salir a flote bajo el manto de cualquier doctrina. El problema es que si se culpa a toda la sociedad, la responsabilidad se diluye y nadie termina pagando. De allí la importancia de un pensamiento crítico que analice las inconsistencias de fondo en cuanto a opiniones, pensamientos y juicios racionales.

Lo peor es que el mundo en vez de analizar, comprender y combatir las causas del fanatismo y la intolerancia, se lava las manos afirmando que estos individuos son simplemente desadaptados o enfermos mentales y no el producto de la sociedad en la que viven. Bien diferente hubiese sido la historia donde el francotirador no fuese noruego y blanco sino inmigrante y musulmán. Estaría toda Europa y el mundo occidental condenando a toda una raza por considerarla extremista y sectaria.

Cuando el pensamiento se transforma en acción pero esa acción es reprochable se cae en el dilema de si es mejor observar pasivamente o ejercer la libertad ideológica. No obstante el pensamiento crítico es esencial ya que cuestionar la sociedad y sus sistemas solo sirve para hacerlos mejores. Si embargo, la libertad de pensamiento también conlleva una responsabilidad ya que conocer mucho y ser inteligentes no significa tener racionamientos éticos y morales acertados. Como afirmaba Sócrates “la realidad existe pura y exclusivamente porque nosotros la construimos” y en este sentido se aplica el dicho de que siempre se peca sea por acción o por omisión. Por eso hay que estar atentos y ser escépticos antes cualquier asomo de intolerancia y fanatismo de cualquier tipo en una sociedad en la que se hace cada vez más fácil difundir cualquier manera de pensar por dañina y peligrosa que sea.

viernes, 6 de mayo de 2011

Las Enseñanzas de Fukushima


Segura, limpia y confiable, es la manera como se ha venido vendiendo la idea de la energía nuclear en los últimos años. Un cambio de imagen de las pavorosas bombas atómicas a las ingeniosas y modernas plantas nucleares que solo pueden poseer los países del primer mundo. La transformación de un recurso de guerra en una fuente de paz y progreso.

Desde los años sesentas las centrales nucleares se han expandido a lo largo y ancho de las costas en su mayoría del hemisferio norte, asegurando una fuente de agua permanente para mantener los reactores fríos y libres de peligro. No bastó que en 1986 la fuga de un reactor en Chernóbil hubiese puesto en entredicho la seguridad en dichas instalaciones y en medio de la guerra fría occidente corrió a culpar del desastre a las deficiencias del sistema político-administrativo ruso mas no al uso de la energía nuclear per-se. El uranio enriquecido solo es bueno si está en las manos indicadas y lejos del riesgo terrorista.

Pero esta vez el terremoto y posterior tsunami en Fukushima se encargó de cuestionar todos los beneficios de la energía nuclear. Ni las modernas centrales nucleares a prueba de terremotos, ni la meticulosa precisión de los japoneses, lograron evitar las fugas radioactivas que ponen a temblar a un pueblo que vivió hace poco más de medio siglo las trágicas consecuencias de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki.

De acuerdo a Gregory Jazcko, presidente de la agencia nuclear de EEUU, la situación de los seis reactores en Fukushima no es “estable” sino “estática”, queriendo decir con esto de que está controlada pero no mejora. A las dificultades para retirar el agua radioactiva y la precaria refrigeración de los reactores se suma el temor de los alimentos contaminados y el pescado cerca a Fukushima.

No se puede negar que la instalación de plantas nucleares logra satisfacer las necesidades energéticas de una creciente población mundial a la vez que ha contribuido a la disminución del efecto invernadero causado por las emisiones de dióxido de carbono como lo corroboraron los famosos ambientalistas James Lovelock y Patrick Moore. Así mismo, en países que no cuentan con energías fósiles, como Japón, la energía nuclear es una alternativa viable ante la posible crisis de los hidrocarburos que se avecina. Si el uranio hace parte de la corteza terrestre ¿por qué no utilizarlo?

Todos estos argumentos solo enmascaran los peligros latentes de la energía nuclear en una industria que por décadas no ha sido ni transparente ni abierta. El hecho de que la mayoría de la población no entiende los mecanismos de fusión o fisión nuclear y del riesgo de que la tecnología caiga en manos “terroristas”, han sido los argumentos utilizados constantemente para mantener al público en general ignorante de lo que pasa al interior de los reactores nucleares. Hay más riesgo en mantener ese manto de misterio y peligro que en informar a la gente de manera adecuada.

El otro argumento aduce el carácter retrasado de las demás energías alternativas generadas a través del agua, el aire o la energía geotérmica. Si se invirtiera un mayor presupuesto en el desarrollo de estas tecnologías al igual que si se regula el consumo excesivo de electricidad, quizá la energía nuclear no sería necesaria. Sin embargo, lo que si es cierto es que el consumo energético tiende a subir hacia un futuro, no a bajar, y cambiar los patrones de comportamiento de una sociedad que depende cada vez más de la electricidad es un reto inmenso para cualquier sociedad y en especial para aquellas que gozan de todas las ventajas que ofrece el mundo moderno.

Como sociedad el reto sigue siendo poder escoger lo mejor para cada uno pensando a largo plazo y allí es donde se deben valorar los riesgos. Mejoramos nuestros patrones de consumo apuntando al desarrollo acelerado de energías alternativas o le apostamos a una solución facilista para no tener que preocuparnos por el excesivo consumo de energía con la instalación de más plantas nucleares. Es como jugar a la lotería con el inconveniente de que siempre hay una posibilidad, aunque sea remota de que algo malo pueda suceder como en Fukushima.

jueves, 31 de marzo de 2011

La Nueva Revolución


Todo comenzó el 3 de Marzo del año pasado con la inmolación de Abdesslem Trimech, dirán algunos, o el 17 de Diciembre de 2010, aseverarán otros, cuando el tunecino Mohamed Bouazizi quien no aguantó mas tanta injusticia y humillación luego de que la policía destruyera su pequeño negocio procedió a prenderse fuego frente a un edificio gubernamental. Incluso se podría afirmar que el descontento no apareció de la noche a la mañana, que los pueblos también se cansan de esperar las bondades de unas autocracias cada vez más opresoras y corruptas. Del oportunismo de unos tiranos cuyas riquezas y herencias nunca son cuestionadas. Este es el panorama de lo que actualmente acontece en el Medio Oriente y el Norte del África, con una revolución que aun aspira a ser distinta, independiente y capaz de sustituir el status quo imperante en la región.


Las tensiones siguen creciendo en Algeria, Jordania, Yemen, Siria y Bahrein. En países como Egipto y Túnez las protestas se mantienen a pesar de la instauración de regímenes de transición, mientras que en Libia ya llueven bombas contra las fuerzas del régimen de Gadaffi.


Desde nuestra perspectiva occidental tendemos a analizar el problema como peleas entre tribus sectarias y fanáticas, corrientes religiosas o modelos de izquierda y derecha, tal y como los que imperan en nuestra región, siendo el debate de fondo mucho más complejo. Claro que no se pueden desconocer los intereses económicos y estratégicos de los países de occidente sobre la región, como en Bahrein donde, por ejemplo, opera la Quinta Flota de la armada Estadounidense. Pero tampoco se puede pensar que los levantamientos se deban única y exclusivamente a infiltraciones de la CIA, intereses de occidente o al apoyo de grupos terroristas sectarios como lo han hecho creer gobiernos como el de Israel o Libia.


Es verdad que cada país tiene su historia y que de alguna u otra manera ha dado lugar a las monarquías o dictaduras que imperan en la actualidad, unas apoyadas por movimientos populares, mientras que otras fueron promovidas por las potencias capitalistas en busca de asegurar su riqueza petrolera. En el caso de Libia, por ejemplo, Gadaffi salió victorioso de una revolución socialista durante los años setenta. En sus comienzos creó un sistema de salud y educación gratuita, así como una reforma agraria integral que ilusionó a los jóvenes de la época que no paraban de leer su Libro Verde. Pero con el paso de los años la corrupción y la tiranía tornaron a su régimen en uno tan autoritario y cruel que abiertamente llamaba a matar miembros de la oposición sin importar en que país se encontraran a la vez que glorificaba ciertos los ataques terroristas.


Lo que se vive actualmente en el medio Oriente y el Norte del África es la decepción por una causa en donde las injusticias también se tornan en un deseo de cambio hacia la posibilidad de un modelo más democrático y que esté acorde con los principios islámicos, si es que es posible. Allí es donde occidente debe entender que los pueblos están dispuestos a tomar las riendas de su propio destino y que no necesitan que las potencias les digan que hacer y que no.


Sin embargo, la realidad es otra. En entrevista a la revista Forbes, el economista Wallace Forbes aseveró que: “el dictador es considerado un hombre fuerte y de respeto cuando está de lado de occidente, pero es un tirano cuando no” (Revista Forbes Marzo 3, 2011). Está bien condenar a Gadaffi por bombardear a su propio pueblo pero ni una palabra se ha dicho sobre otros regímenes autoritarios que no han dudado en disparar a su propia, gente como en el caso de Bahrein o Siria.


Entre tanto primen los intereses globales por el petróleo, esta nueva revolución islámica va a tener muchas dificultades en salir adelante por su propia cuenta, sobre todo en países como Qatar o Arabia Saudita en donde los intereses económicos son aun mayores. En el pasado nunca importó que estas dictaduras oprimieran a sus pueblos siempre y cuando siguieran negociando con el petróleo. Y finalmente, si esta revolución lo que busca es mayor autonomía, nuevas constituciones y elecciones libres para satisfacer intereses políticos y económicos locales sin injerencias extranjeras ni infiltraciones terroristas, entonces, que prime la revolución.

miércoles, 5 de enero de 2011

De la Coca a la Cocaína


Dicen que del dicho al hecho hay mucho trecho y quizá este es el caso entre la planta de coca y la cocaína. Por eso afirmar que la coca y el alcaloide conocido como cocaína son lo mismo, es como decir que hay árboles de aspirina o plantas de ron o tequila. Esta visión sesgada a llevado a la estigmatización de quienes hacen uso de las plantas de coca y a una reducción del problema de las drogas a la sola erradicación de cultivos.


La siembra, la recolección y el uso de las hojas de coca se remontan a las culturas indígenas que han habitado las regiones cálidas y templadas en las selvas de lo que hoy son los territorios de Bolivia, Argentina, Perú y Colombia. Debido a sus propiedades estimulantes y anestésicas la coca se ha convertido en parte esencial de culturas ancestrales, quienes han empleado sus propiedades mágicas y curativas para evitar el cansancio, mitigar el dolor, curar enfermedades y hasta venerar a los dioses. Los colonizadores europeos rápidamente se dieron cuenta de estos beneficios y de allí fue llevada y comenzó a ser consumida en el viejo continente en donde causó furor al igual que el opio del Medio Oriente y la marihuana de la China. Es así como hasta comienzos del siglo veinte se les recomendaba a los turistas europeos deleitarse con esta “fantástica y reconfortante bebida”; e incluso la industria tampoco fue ajena a sus propiedades adictivas. Por ejemplo, la fábrica de gaseosas Coca-Cola utilizaba (y sigue utilizando) las hojas de coca importadas de manera legal desde el Perú y Bolivia para la fabricación de la bebida.

Primero se dio el auge de la marihuana y con ella vinieron a Sudamérica los compradores norteamericanos con semillas y grandes cantidades de dinero, convirtiendo su tráfico en un fructífero negocio a causa de la prohibición. Unos años después, también del norte, llegó la formula para fabricar la cocaína, un proceso que consistía en transformar en polvo blanco mediante la mezcla con ácidos, gasolina, acetona y otras sustancias altamente tóxicas a la hoja de coca para potenciar y hacer mucho más adictivo el producto final. Comenzando por el Perú y luego extendiéndose hacia Colombia y Bolivia, la producción de “pasta de coca” se ha venido convirtiendo desde los años ochentas y noventas en un negocio muy lucrativo. Las mafias llegaron como en los tiempos de las grandes caucheras a tumbar monte, matar indígenas y transformar para siempre toda una cultura asociada a la planta de coca. Luego vinieron los capos, los ejércitos regulares e irregulares, los colonos, los erradicadores, los comerciantes y toda una cadena que se beneficia del cultivo y la transformación de la planta de coca. La violencia se extendió sobre las regiones productoras como el Alto Huallaga en el Perú, el Chapare de Cochabamba (Bolivia) y la Sierra Nevada de Santa Marta y de la Macarena en Colombia. Y mientras en Bolivia la sindicalización de los productores junto con un fuerte tejido indígena hizo frente a las mafias cocaleras, en Colombia y en menor medida en el Perú, los grandes capos y los ejércitos irregulares se apoderaron totalmente del negocio.

Ahora, la guerra contra las drogas cataloga a todos por igual. Sataniza la coca y a quienes la cultivan, y a la vez se empecina en demostrar que para acabar la adicción y el consumo de la cocaína se debe arrancar hasta la última planta de coca sobre la faz de la tierra. No entienden que el conflicto por un lado se origina con las mafias que se enriquecen con la prohibición y por otro tratar la adicción no como un problema de salud pública sino como un problema delincuencial genera grandes gastos de recursos en control y no en prevención.

Sin embargo, esta ofensiva prohibicionista viene perdiendo terreno y ya la violencia toca a las puertas de los países del norte con mayor intensidad. Funcionarios públicos, investigadores, científicos e incluso miembros de las fuerzas armadas que han participado activamente en la lucha contra las drogas han venido promoviendo la legalización como una salida factible a todo el problema del narcotráfico. Pero mientras se da el tan anhelado debate público, en nuestras selvas ecuatoriales los cultivos de coca siguen siendo fumigados con glifosato que afecta la población rural; al mismo tiempo se conservan intactas las mafias y otros grupos al margen de la ley fortalecidos por las jugosas ganancias de la comercialización de la cocaína; y las comunidades locales e indígenas siguen viviendo en carne propia el flagelo de la guerra, la prohibición y la estigmatización.