El sultán, por temor a ser traicionado, mataba a las doncellas al amanecer. Al percatarse de la situación, una de ellas, Sherezade, en su primer día comienza a contarle un cuento que siempre dejaba inconcluso para la noche siguiente y así el rey Shahriar quedaba en vilo y no llevaba a cabo su horrendo ritual. Al cabo de mil noches le conmuta la pena. De esos cuentos surgió Las Mil y Una Noches, obra mágica que atrapa a niñas, niños y adultos.
Sin embargo, la realidad puede superar con creces a la fantasía. Las mujeres han sido, en su mayoría, menospreciadas y atormentadas a través de la historia. Por ejemplo, el rey de Inglaterra, Enrique VIII, en el siglo XVI mandó a ejecutar a una de sus esposas durante su reinado, Catalina Howard, cuando esta apenas tenía 18 años por supuesto adulterio, a pesar de que él se casó diez veces y tuvo numerosos hijos e hijas ilegítimos. Así mismo, a mediados del siglo XX, se seguían quemando brujas y conjurando exorcismos en los Estados Unidos. Damas solteras o viudas, muchas veces adineradas, eran condenadas más por robarles sus posesiones que por la impureza de su alma. Incluso hoy en día, la violación se sigue utilizando como un arma de guerra, su rebelión a las normas sigue siendo mal vista o castigada en varias culturas y el derecho al voto femenino es restringido en varios países. Igualmente la participación de las mujeres en el manejo de las empresas, los gobiernos y en la misma sociedad es bastante diezmada.
Es un problema que toca las raíces mismas de cada cultura. En las religiones modernas, el rol de la mujer es casi siempre secundario. En el Catolicismo, por ejemplo, se impide que el género femenino imparta la eucaristía o absuelva los pecados mientras Adán se convierte en la pobre víctima de la tentación de Eva. Del mismo modo, en ciertas facciones del Islam la poligamia -solo para los hombres- es permitida, al tiempo que se predica la salvación eterna en un paraíso colmado de mujeres vírgenes. Así mismo, los monasterios budistas son liderados por hombres. A las mujeres, en ciertos grupos religiosos, les está prohibido entrar a lugares sagrados y su papel es contrario a las leyes que mantienen la armonía cósmica. En el Hinduismo los maestros espirituales son todos hombres y muchas veces son obligadas a casarse en matrimonios arreglados y hasta a abortar sin derecho a escoger autónomamente su futuro.
La religión es solo uno de los eslabones en la cadena de desigualdad y sumisión. De manera similar el sistema político -llámese socialismo, comunismo o capitalismo- exhorta a las mujeres a seguir a los líderes, en su mayoría hombres, a leer los textos doctrina de cada sistema, todos escritos por hombres, y a acogerse al pie de la letra a las normas y a las leyes, generalmente escritas por hombres y para hombres. Las cuotas políticas de las mujeres, en la mayoría de países, no se cumplen y siguen siendo vistas como amas de casa con ideas feministas que solo buscan perturbar el poder.
La responsabilidad de esta desigualdad de géneros es de los hombres y en parte de las mismas mujeres. Ellas son exhibidas como objetos sexuales en los medios para vender desde una cerveza hasta un cuaderno. La sociedad ha normalizado la prostitución, el irrespeto con la mirada, los piropos vulgares (acoso sexual) y hasta el abuso dentro y fuera de la casa por esposos, parientes, novios, amigos o desconocidos que las culpan siempre por incitadoras. Las víctimas se convierten en culpables. Expresiones tan comunes como ¡sea varón! o ¡no llore o corra como una niña! denotan ese espíritu machista de ver a la mujer como a un ser inferior. Y algunas mujeres son forzadas a seguir o nacen en sistemas patriarcales en donde ese patrón de explotación comercial y de sumisión, en buena parte responsabilidad del sistema educativo y de crianza, las endoctrina para que sean obedientes, débiles y dependientes, y su meta en la vida sea casarse y atender al esposo. Aunque la situación ha cambiado aun queda mucho por hacer para lograr la tan anhelada igualdad en el complemento de los géneros.
Sin embargo, la realidad puede superar con creces a la fantasía. Las mujeres han sido, en su mayoría, menospreciadas y atormentadas a través de la historia. Por ejemplo, el rey de Inglaterra, Enrique VIII, en el siglo XVI mandó a ejecutar a una de sus esposas durante su reinado, Catalina Howard, cuando esta apenas tenía 18 años por supuesto adulterio, a pesar de que él se casó diez veces y tuvo numerosos hijos e hijas ilegítimos. Así mismo, a mediados del siglo XX, se seguían quemando brujas y conjurando exorcismos en los Estados Unidos. Damas solteras o viudas, muchas veces adineradas, eran condenadas más por robarles sus posesiones que por la impureza de su alma. Incluso hoy en día, la violación se sigue utilizando como un arma de guerra, su rebelión a las normas sigue siendo mal vista o castigada en varias culturas y el derecho al voto femenino es restringido en varios países. Igualmente la participación de las mujeres en el manejo de las empresas, los gobiernos y en la misma sociedad es bastante diezmada.
Es un problema que toca las raíces mismas de cada cultura. En las religiones modernas, el rol de la mujer es casi siempre secundario. En el Catolicismo, por ejemplo, se impide que el género femenino imparta la eucaristía o absuelva los pecados mientras Adán se convierte en la pobre víctima de la tentación de Eva. Del mismo modo, en ciertas facciones del Islam la poligamia -solo para los hombres- es permitida, al tiempo que se predica la salvación eterna en un paraíso colmado de mujeres vírgenes. Así mismo, los monasterios budistas son liderados por hombres. A las mujeres, en ciertos grupos religiosos, les está prohibido entrar a lugares sagrados y su papel es contrario a las leyes que mantienen la armonía cósmica. En el Hinduismo los maestros espirituales son todos hombres y muchas veces son obligadas a casarse en matrimonios arreglados y hasta a abortar sin derecho a escoger autónomamente su futuro.
La religión es solo uno de los eslabones en la cadena de desigualdad y sumisión. De manera similar el sistema político -llámese socialismo, comunismo o capitalismo- exhorta a las mujeres a seguir a los líderes, en su mayoría hombres, a leer los textos doctrina de cada sistema, todos escritos por hombres, y a acogerse al pie de la letra a las normas y a las leyes, generalmente escritas por hombres y para hombres. Las cuotas políticas de las mujeres, en la mayoría de países, no se cumplen y siguen siendo vistas como amas de casa con ideas feministas que solo buscan perturbar el poder.
La responsabilidad de esta desigualdad de géneros es de los hombres y en parte de las mismas mujeres. Ellas son exhibidas como objetos sexuales en los medios para vender desde una cerveza hasta un cuaderno. La sociedad ha normalizado la prostitución, el irrespeto con la mirada, los piropos vulgares (acoso sexual) y hasta el abuso dentro y fuera de la casa por esposos, parientes, novios, amigos o desconocidos que las culpan siempre por incitadoras. Las víctimas se convierten en culpables. Expresiones tan comunes como ¡sea varón! o ¡no llore o corra como una niña! denotan ese espíritu machista de ver a la mujer como a un ser inferior. Y algunas mujeres son forzadas a seguir o nacen en sistemas patriarcales en donde ese patrón de explotación comercial y de sumisión, en buena parte responsabilidad del sistema educativo y de crianza, las endoctrina para que sean obedientes, débiles y dependientes, y su meta en la vida sea casarse y atender al esposo. Aunque la situación ha cambiado aun queda mucho por hacer para lograr la tan anhelada igualdad en el complemento de los géneros.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario