
Páramos que parecen cubiertos con sabanas blancas, caudalosos ríos en selvas tropicales, imponentes picos nevados, lagos y mares majestuosos en los más remotos confines de la tierra, todos hacen parte del complejo ciclo del agua sin el que toda forma de vida sobre el planeta sería imposible. Sin embargo, el ser humano se ha encargado de contaminarla y malgastarla. El agua es, diría yo, el recurso limitado más valioso con que cuenta la humanidad.
Las primeras formas de vida que surgieron en el planeta aparecieron en el agua; las grandes civilizaciones en regiones como Egipto o Mesopotamia debieron gran parte de su desarrollo a la cercanía con el agua; incluso, ciudades como Hong Kong, Nueva York, Montreal, París, Vancouver y Buenos Aires, se siguen desarrollando gracias a que limitan con grandes cuerpos de agua.
No obstante, y a pesar de su importancia, se sigue polucionando y derrochando en cantidades alarmantes. Nuestro planeta cuenta con una superficie que en un 70% está cubierta del preciado líquido, del cual el 97% es salado y solo el 0.5% del agua en el mundo es fresca. Igualmente, del agua que utilizamos se estima que la industria, en países desarrollados, emplea entre el 50% y el 80% (World Business Council for Sustainable Development, 2009), mientras que la agricultura entre un 10% y un 80% de la misma, dejando solamente entre un 5% y un 10% para el consumo humano.
Es verdad que hoy en día la concientización es mayor, su uso ha disminuido y el acceso de la población mundial a fuentes hídricas potables ha mejorado sustancialmente -1.6 billones de personas desde 1990 (The United Nations World Water Development Report 2006)- pero aún queda un largo camino por recorrer.
De algún modo hemos borrado con el codo lo escrito con la mano. La deforestación sigue causando el secamiento de cuencas, el desbordamiento de ríos, y las inundaciones frecuentes. Los páramos se incendian, la erosión, por falta o exceso de agua, acaba con millones de hectáreas cultivables cada año, los acueductos se desecan, la nieve desaparece y el calor y la sed cercan comunidades enteras sobre todo en países en vía de desarrollo.
Cinco millones de personas mueren al año por problemas relacionados con la falta de agua potable. Es un problema de acceso. Mientras ríos y lagunas se convierten en bienes “privatizables” mucha gente muere de sed y otra se da el lujo de comprarla en botella a veces casi tan pura como la del lavabo. Un creciente y jugoso negocio.
Este 22 de Marzo, en el día del agua, debemos recordar lo importante del acceso de este preciado líquido para nuestras vidas y así mismo, estamos obligados a regular su consumo. Este acceso debe ser declarado un derecho fundamental tan importante como la vida misma. De la conservación y el manejo adecuado del agua dependemos todas y todos.
Las primeras formas de vida que surgieron en el planeta aparecieron en el agua; las grandes civilizaciones en regiones como Egipto o Mesopotamia debieron gran parte de su desarrollo a la cercanía con el agua; incluso, ciudades como Hong Kong, Nueva York, Montreal, París, Vancouver y Buenos Aires, se siguen desarrollando gracias a que limitan con grandes cuerpos de agua.
No obstante, y a pesar de su importancia, se sigue polucionando y derrochando en cantidades alarmantes. Nuestro planeta cuenta con una superficie que en un 70% está cubierta del preciado líquido, del cual el 97% es salado y solo el 0.5% del agua en el mundo es fresca. Igualmente, del agua que utilizamos se estima que la industria, en países desarrollados, emplea entre el 50% y el 80% (World Business Council for Sustainable Development, 2009), mientras que la agricultura entre un 10% y un 80% de la misma, dejando solamente entre un 5% y un 10% para el consumo humano.
Es verdad que hoy en día la concientización es mayor, su uso ha disminuido y el acceso de la población mundial a fuentes hídricas potables ha mejorado sustancialmente -1.6 billones de personas desde 1990 (The United Nations World Water Development Report 2006)- pero aún queda un largo camino por recorrer.
De algún modo hemos borrado con el codo lo escrito con la mano. La deforestación sigue causando el secamiento de cuencas, el desbordamiento de ríos, y las inundaciones frecuentes. Los páramos se incendian, la erosión, por falta o exceso de agua, acaba con millones de hectáreas cultivables cada año, los acueductos se desecan, la nieve desaparece y el calor y la sed cercan comunidades enteras sobre todo en países en vía de desarrollo.
Cinco millones de personas mueren al año por problemas relacionados con la falta de agua potable. Es un problema de acceso. Mientras ríos y lagunas se convierten en bienes “privatizables” mucha gente muere de sed y otra se da el lujo de comprarla en botella a veces casi tan pura como la del lavabo. Un creciente y jugoso negocio.
Este 22 de Marzo, en el día del agua, debemos recordar lo importante del acceso de este preciado líquido para nuestras vidas y así mismo, estamos obligados a regular su consumo. Este acceso debe ser declarado un derecho fundamental tan importante como la vida misma. De la conservación y el manejo adecuado del agua dependemos todas y todos.