lunes, 20 de julio de 2009

Reconociendo el alma del nuevo mundo

“Pocos vieron lo que todos miraban. Este fue el caso de las oleadas de conquistadores europeos que llegaron al Nuevo Mundo.”

La Europa Medieval, la Europa de las guerras, comenzaba a perder su misticismo y su magia, depuesta ante la cruz y las espadas. Ya los bosques dejaban de estar habitados por duendes, hadas y brujas. Los horrores habían diezmado el espíritu europeo, mientras el racionalismo comenzaba a colmarlo todo.

En este momento histórico llega el rumor del Nuevo Mundo. De la tierra y de las historias en donde todas las fantasías del medioevo se tornarían reales con leyendas de monstruos, ciudades de oro, ejércitos dorados, Amazonas guerreras y lagunas con tesoros escondidos. Las guerras contra los Turcos, los Franceses, los Moros y las tribus de Oriente, habían desgastado a estos combatientes que ahora veían en estas nuevas tierras su viaje hacia la reivindicación. Podrían al fin consagrarse guerreros, príncipes o mártires, en un territorio por clamar, en una América por conquistar.

Sin embargo, muy pocos se dieron a la tarea de descubrir la verdadera América vista a través de los ojos de sus habitantes. Mas bien querían traer a esa Europa tan añorada, e imponerla sobre lo que consideraban caótico y salvaje. Por eso la Sabana de Bogotá con sus paisajes y su clima, les rememoraba las campiñas europeas; y así llegaron el trigo y los garbanzos, cansados de comer el maíz y las frutas del nuevo mundo consideradas malsanas y a veces hasta malditas, prohibidas y deformes.

Le negaron a la razón esos verdes parajes de las cordilleras tropicales, rechazaron cualquier cosa que no se acercara a lo que creían culto, bueno y moderno. Claro que no se puede negar que quizás, en muchas ocasiones durante las expediciones de esas tierras que en un futuro conformarían a Colombia, los europeos se sintieran sobrecogidos ante la majestuosidad y la prominencia que encontraron. Algunos relatos subsisten sobre la sensación de miedo al encontrar los gigantes de piedra en la región de San Agustín, o la grandeza del río Amazonas junto con sus serpientes y caimanes devora hombres, los misteriosos relámpagos del Catatumbo, o el misticismo de la Ciudad Perdida, escondida bajo la niebla en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Ya lo relataba el escritor colombiano William Ospina en su libro “Las Auroras de Sangre”, cuando cuenta como el Cronista de Indias Juan de Castellanos, llegó a estas tierras para redescubrirlas. Para ver “lo que todos miraban pero nadie quería ver”. Junto con él, un puñado de visionarios se atrevió a “profanar” esa lengua castellana que la España imperial creía tan completa y perfecta. Palabras como atarraya, bohío, hamaca, guadua, caimán, canoa, jaguar, chigüiro y marañón, se incrustaron en sus poemas y leyendas. Luego poblaciones como Muzo, Duitama, Anserma, Medellín, Bogotá, o Cali, fueron nombradas como un pequeño reconocimiento hacia los antiguos habitantes de esas mismas tierras de las que fueran desterrados o exterminados.

Pero ¿De qué otra forma hubiera sido posible nombrar la diversidad Americana? ¿De qué otra manera se tendría un recuerdo, al menos simbólico, de quienes moraban esos ricos e inmensos parajes? El lenguaje español en América se estaba enriqueciendo, ante la displicencia de la culta Europa que aun no asimila esa mezcla, ni ese amasijo de vocablos, colores y aromas tropicales.

Esa tarea emprendedora de reconocer el Nuevo Mundo, la continuó el naturalista Alemán Alexander von Humboldt, con sus innumerables viajes a través de América; la continuaron el Español José Celestino Mutis, el erudito colombiano Francisco José de Caldas, Agustín Codazzi, Jorge Tadeo Lozano, y muchos otros expedicionarios cuyos aportes al reconocimiento de esa flora y de esa riqueza, los llevó a luchar por la independencia y la justicia de lo que sería en un futuro una Colombia diversa.

Esta tarea les ha dado credibilidad a su trabajo y a sus nombres en instituciones educativas y de investigación Y su legado sigue estando enmarcado en una etapa histórica que ayudó al reconocimiento de nuestra patria. Paradójicamente, esta tarea de “ver” y que pocos quisieron atender, la ha ido acopiando por miles de años los pueblos indígenas. De las cenizas de la conquista, surge un pueblo y un país que comienza a tener identidad con su entorno, pero que lastimosamente aun no termina de reconocerse. Aquí radica el aceptar nuestro espíritu americano, legado de las conquistas y de las Primeras Naciones que conservan su destino al amparo del planeta mismo.

Naturaleza vs.crecimiento economico

NATURALEZA vs. CRECIMIENTO ECONÓMICO


A causa de la mayor preocupación por los cambios climáticos y los efectos actuales del uso indiscriminado de los recursos, el ser humano comienza a replantearse la relación entre la naturaleza y la economía. Las metas de crecimiento económico, la noción del medio ambiente como algo externo o ajeno al ser humano, y el manejo global de los recursos naturales, están contribuyendo a que nuestra especie cause efectos irreversibles sobre la tierra.

Por muchos siglos se creyó que los recursos del planeta eran ilimitados incluyendo el agua, minerales, aire, animales, plantas, etc. Peor aún, muchos seres humanos siguen pensando que lo son. Mientras los economistas abogan a las cifras de productividad y crecimiento económico para medir nuestra prosperidad, los demás respaldamos el desarrollo científico como la salvación a todos nuestros problemas ambientales. Pero hemos perdido, o no alcanzamos a apreciar la magnitud del daño que se le esta haciendo al planeta. Mientras veamos a la naturaleza como algo externo que no nos afecta y con la cual tenemos cada vez menos contacto, nuestros conceptos seguirán sesgados. A pesar de que el aire, el agua, y los alimentos son esenciales para nuestra supervivencia, el hombre los sigue contaminando. Se siguen arrasando bosques para cubrir las necesidades muchas veces superfluas de los seres humanos.

Las metas de crecimiento económico afectan a nuestro planeta, por la sencilla razón de que no podemos crecer para siempre, aunque muchas personas sostengan lo contrario. La realidad es que los recursos en el planeta son limitados y agotables. Además, ese crecimiento va supeditado a un detrimento en los recursos ambientales, osea, mientras mas se extraigan, menos va a quedar en el futuro. Que sentido tiene echar basuras al agua que en futuro tendremos que beber, o polucionar el aire que luego vamos a respirar. Que nos cuesta mas? conservarlo limpio?, o gastar mas en salud, en plantas purificadoras, o en enfermedades?

Por ultimo, la humanidad sigue pagando un alto precio en perdida de biodiversidad debido al manejo global de los recursos naturales. Las políticas de estado dictaminadas en su mayoría por empresarios y abogados, poco saben de tecnología o de medio ambiente solo se fijan metas económicas. Ahora todos los países “ricos” que en un pasado agotaron sus recursos, están ahora utilizando los recursos de los llamados “países del tercer mundo”. Se debe dejar de lado el concepto de que si algo no se esta explotando es improductivo, o de cuantificar toda la naturaleza por su valor económico que es solo una parte de su valor real.

Absolutamente todos, incluyendo nuestros dirigentes, debemos tomar conciencia de que si no hay un cambio radical al uso desmedido de nuestros recursos, todas las especies vivas del planeta van a desaparecer incluyendo al hombre. Los defensores del crecimiento económico han olvidado que sin la naturaleza, no podremos sobrevivir, y por lo tanto es irreal el crecimiento “ilimitado” que se plantean los economistas. Comenzar a valorar seriamente nuestros hábitos de consumo servirá para que nuestro “modo de vida” esté más acorde con las leyes de la naturaleza y apreciemos el que somos parte del ecosistema y no entes independientes con poder sobre la tierra.