“Pocos vieron lo que todos miraban. Este fue el caso de las oleadas de conquistadores europeos que llegaron al Nuevo Mundo.”
La Europa Medieval, la Europa de las guerras, comenzaba a perder su misticismo y su magia, depuesta ante la cruz y las espadas. Ya los bosques dejaban de estar habitados por duendes, hadas y brujas. Los horrores habían diezmado el espíritu europeo, mientras el racionalismo comenzaba a colmarlo todo.
En este momento histórico llega el rumor del Nuevo Mundo. De la tierra y de las historias en donde todas las fantasías del medioevo se tornarían reales con leyendas de monstruos, ciudades de oro, ejércitos dorados, Amazonas guerreras y lagunas con tesoros escondidos. Las guerras contra los Turcos, los Franceses, los Moros y las tribus de Oriente, habían desgastado a estos combatientes que ahora veían en estas nuevas tierras su viaje hacia la reivindicación. Podrían al fin consagrarse guerreros, príncipes o mártires, en un territorio por clamar, en una América por conquistar.
Sin embargo, muy pocos se dieron a la tarea de descubrir la verdadera América vista a través de los ojos de sus habitantes. Mas bien querían traer a esa Europa tan añorada, e imponerla sobre lo que consideraban caótico y salvaje. Por eso la Sabana de Bogotá con sus paisajes y su clima, les rememoraba las campiñas europeas; y así llegaron el trigo y los garbanzos, cansados de comer el maíz y las frutas del nuevo mundo consideradas malsanas y a veces hasta malditas, prohibidas y deformes.
Le negaron a la razón esos verdes parajes de las cordilleras tropicales, rechazaron cualquier cosa que no se acercara a lo que creían culto, bueno y moderno. Claro que no se puede negar que quizás, en muchas ocasiones durante las expediciones de esas tierras que en un futuro conformarían a Colombia, los europeos se sintieran sobrecogidos ante la majestuosidad y la prominencia que encontraron. Algunos relatos subsisten sobre la sensación de miedo al encontrar los gigantes de piedra en la región de San Agustín, o la grandeza del río Amazonas junto con sus serpientes y caimanes devora hombres, los misteriosos relámpagos del Catatumbo, o el misticismo de la Ciudad Perdida, escondida bajo la niebla en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Ya lo relataba el escritor colombiano William Ospina en su libro “Las Auroras de Sangre”, cuando cuenta como el Cronista de Indias Juan de Castellanos, llegó a estas tierras para redescubrirlas. Para ver “lo que todos miraban pero nadie quería ver”. Junto con él, un puñado de visionarios se atrevió a “profanar” esa lengua castellana que la España imperial creía tan completa y perfecta. Palabras como atarraya, bohío, hamaca, guadua, caimán, canoa, jaguar, chigüiro y marañón, se incrustaron en sus poemas y leyendas. Luego poblaciones como Muzo, Duitama, Anserma, Medellín, Bogotá, o Cali, fueron nombradas como un pequeño reconocimiento hacia los antiguos habitantes de esas mismas tierras de las que fueran desterrados o exterminados.
Pero ¿De qué otra forma hubiera sido posible nombrar la diversidad Americana? ¿De qué otra manera se tendría un recuerdo, al menos simbólico, de quienes moraban esos ricos e inmensos parajes? El lenguaje español en América se estaba enriqueciendo, ante la displicencia de la culta Europa que aun no asimila esa mezcla, ni ese amasijo de vocablos, colores y aromas tropicales.
Esa tarea emprendedora de reconocer el Nuevo Mundo, la continuó el naturalista Alemán Alexander von Humboldt, con sus innumerables viajes a través de América; la continuaron el Español José Celestino Mutis, el erudito colombiano Francisco José de Caldas, Agustín Codazzi, Jorge Tadeo Lozano, y muchos otros expedicionarios cuyos aportes al reconocimiento de esa flora y de esa riqueza, los llevó a luchar por la independencia y la justicia de lo que sería en un futuro una Colombia diversa.
Esta tarea les ha dado credibilidad a su trabajo y a sus nombres en instituciones educativas y de investigación Y su legado sigue estando enmarcado en una etapa histórica que ayudó al reconocimiento de nuestra patria. Paradójicamente, esta tarea de “ver” y que pocos quisieron atender, la ha ido acopiando por miles de años los pueblos indígenas. De las cenizas de la conquista, surge un pueblo y un país que comienza a tener identidad con su entorno, pero que lastimosamente aun no termina de reconocerse. Aquí radica el aceptar nuestro espíritu americano, legado de las conquistas y de las Primeras Naciones que conservan su destino al amparo del planeta mismo.
La Europa Medieval, la Europa de las guerras, comenzaba a perder su misticismo y su magia, depuesta ante la cruz y las espadas. Ya los bosques dejaban de estar habitados por duendes, hadas y brujas. Los horrores habían diezmado el espíritu europeo, mientras el racionalismo comenzaba a colmarlo todo.
En este momento histórico llega el rumor del Nuevo Mundo. De la tierra y de las historias en donde todas las fantasías del medioevo se tornarían reales con leyendas de monstruos, ciudades de oro, ejércitos dorados, Amazonas guerreras y lagunas con tesoros escondidos. Las guerras contra los Turcos, los Franceses, los Moros y las tribus de Oriente, habían desgastado a estos combatientes que ahora veían en estas nuevas tierras su viaje hacia la reivindicación. Podrían al fin consagrarse guerreros, príncipes o mártires, en un territorio por clamar, en una América por conquistar.
Sin embargo, muy pocos se dieron a la tarea de descubrir la verdadera América vista a través de los ojos de sus habitantes. Mas bien querían traer a esa Europa tan añorada, e imponerla sobre lo que consideraban caótico y salvaje. Por eso la Sabana de Bogotá con sus paisajes y su clima, les rememoraba las campiñas europeas; y así llegaron el trigo y los garbanzos, cansados de comer el maíz y las frutas del nuevo mundo consideradas malsanas y a veces hasta malditas, prohibidas y deformes.
Le negaron a la razón esos verdes parajes de las cordilleras tropicales, rechazaron cualquier cosa que no se acercara a lo que creían culto, bueno y moderno. Claro que no se puede negar que quizás, en muchas ocasiones durante las expediciones de esas tierras que en un futuro conformarían a Colombia, los europeos se sintieran sobrecogidos ante la majestuosidad y la prominencia que encontraron. Algunos relatos subsisten sobre la sensación de miedo al encontrar los gigantes de piedra en la región de San Agustín, o la grandeza del río Amazonas junto con sus serpientes y caimanes devora hombres, los misteriosos relámpagos del Catatumbo, o el misticismo de la Ciudad Perdida, escondida bajo la niebla en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Ya lo relataba el escritor colombiano William Ospina en su libro “Las Auroras de Sangre”, cuando cuenta como el Cronista de Indias Juan de Castellanos, llegó a estas tierras para redescubrirlas. Para ver “lo que todos miraban pero nadie quería ver”. Junto con él, un puñado de visionarios se atrevió a “profanar” esa lengua castellana que la España imperial creía tan completa y perfecta. Palabras como atarraya, bohío, hamaca, guadua, caimán, canoa, jaguar, chigüiro y marañón, se incrustaron en sus poemas y leyendas. Luego poblaciones como Muzo, Duitama, Anserma, Medellín, Bogotá, o Cali, fueron nombradas como un pequeño reconocimiento hacia los antiguos habitantes de esas mismas tierras de las que fueran desterrados o exterminados.
Pero ¿De qué otra forma hubiera sido posible nombrar la diversidad Americana? ¿De qué otra manera se tendría un recuerdo, al menos simbólico, de quienes moraban esos ricos e inmensos parajes? El lenguaje español en América se estaba enriqueciendo, ante la displicencia de la culta Europa que aun no asimila esa mezcla, ni ese amasijo de vocablos, colores y aromas tropicales.
Esa tarea emprendedora de reconocer el Nuevo Mundo, la continuó el naturalista Alemán Alexander von Humboldt, con sus innumerables viajes a través de América; la continuaron el Español José Celestino Mutis, el erudito colombiano Francisco José de Caldas, Agustín Codazzi, Jorge Tadeo Lozano, y muchos otros expedicionarios cuyos aportes al reconocimiento de esa flora y de esa riqueza, los llevó a luchar por la independencia y la justicia de lo que sería en un futuro una Colombia diversa.
Esta tarea les ha dado credibilidad a su trabajo y a sus nombres en instituciones educativas y de investigación Y su legado sigue estando enmarcado en una etapa histórica que ayudó al reconocimiento de nuestra patria. Paradójicamente, esta tarea de “ver” y que pocos quisieron atender, la ha ido acopiando por miles de años los pueblos indígenas. De las cenizas de la conquista, surge un pueblo y un país que comienza a tener identidad con su entorno, pero que lastimosamente aun no termina de reconocerse. Aquí radica el aceptar nuestro espíritu americano, legado de las conquistas y de las Primeras Naciones que conservan su destino al amparo del planeta mismo.