viernes, 6 de mayo de 2011

Las Enseñanzas de Fukushima


Segura, limpia y confiable, es la manera como se ha venido vendiendo la idea de la energía nuclear en los últimos años. Un cambio de imagen de las pavorosas bombas atómicas a las ingeniosas y modernas plantas nucleares que solo pueden poseer los países del primer mundo. La transformación de un recurso de guerra en una fuente de paz y progreso.

Desde los años sesentas las centrales nucleares se han expandido a lo largo y ancho de las costas en su mayoría del hemisferio norte, asegurando una fuente de agua permanente para mantener los reactores fríos y libres de peligro. No bastó que en 1986 la fuga de un reactor en Chernóbil hubiese puesto en entredicho la seguridad en dichas instalaciones y en medio de la guerra fría occidente corrió a culpar del desastre a las deficiencias del sistema político-administrativo ruso mas no al uso de la energía nuclear per-se. El uranio enriquecido solo es bueno si está en las manos indicadas y lejos del riesgo terrorista.

Pero esta vez el terremoto y posterior tsunami en Fukushima se encargó de cuestionar todos los beneficios de la energía nuclear. Ni las modernas centrales nucleares a prueba de terremotos, ni la meticulosa precisión de los japoneses, lograron evitar las fugas radioactivas que ponen a temblar a un pueblo que vivió hace poco más de medio siglo las trágicas consecuencias de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki.

De acuerdo a Gregory Jazcko, presidente de la agencia nuclear de EEUU, la situación de los seis reactores en Fukushima no es “estable” sino “estática”, queriendo decir con esto de que está controlada pero no mejora. A las dificultades para retirar el agua radioactiva y la precaria refrigeración de los reactores se suma el temor de los alimentos contaminados y el pescado cerca a Fukushima.

No se puede negar que la instalación de plantas nucleares logra satisfacer las necesidades energéticas de una creciente población mundial a la vez que ha contribuido a la disminución del efecto invernadero causado por las emisiones de dióxido de carbono como lo corroboraron los famosos ambientalistas James Lovelock y Patrick Moore. Así mismo, en países que no cuentan con energías fósiles, como Japón, la energía nuclear es una alternativa viable ante la posible crisis de los hidrocarburos que se avecina. Si el uranio hace parte de la corteza terrestre ¿por qué no utilizarlo?

Todos estos argumentos solo enmascaran los peligros latentes de la energía nuclear en una industria que por décadas no ha sido ni transparente ni abierta. El hecho de que la mayoría de la población no entiende los mecanismos de fusión o fisión nuclear y del riesgo de que la tecnología caiga en manos “terroristas”, han sido los argumentos utilizados constantemente para mantener al público en general ignorante de lo que pasa al interior de los reactores nucleares. Hay más riesgo en mantener ese manto de misterio y peligro que en informar a la gente de manera adecuada.

El otro argumento aduce el carácter retrasado de las demás energías alternativas generadas a través del agua, el aire o la energía geotérmica. Si se invirtiera un mayor presupuesto en el desarrollo de estas tecnologías al igual que si se regula el consumo excesivo de electricidad, quizá la energía nuclear no sería necesaria. Sin embargo, lo que si es cierto es que el consumo energético tiende a subir hacia un futuro, no a bajar, y cambiar los patrones de comportamiento de una sociedad que depende cada vez más de la electricidad es un reto inmenso para cualquier sociedad y en especial para aquellas que gozan de todas las ventajas que ofrece el mundo moderno.

Como sociedad el reto sigue siendo poder escoger lo mejor para cada uno pensando a largo plazo y allí es donde se deben valorar los riesgos. Mejoramos nuestros patrones de consumo apuntando al desarrollo acelerado de energías alternativas o le apostamos a una solución facilista para no tener que preocuparnos por el excesivo consumo de energía con la instalación de más plantas nucleares. Es como jugar a la lotería con el inconveniente de que siempre hay una posibilidad, aunque sea remota de que algo malo pueda suceder como en Fukushima.