
Dicen que del dicho al hecho hay mucho trecho y quizá este es el caso entre la planta de coca y la cocaína. Por eso afirmar que la coca y el alcaloide conocido como cocaína son lo mismo, es como decir que hay árboles de aspirina o plantas de ron o tequila. Esta visión sesgada a llevado a la estigmatización de quienes hacen uso de las plantas de coca y a una reducción del problema de las drogas a la sola erradicación de cultivos.
La siembra, la recolección y el uso de las hojas de coca se remontan a las culturas indígenas que han habitado las regiones cálidas y templadas en las selvas de lo que hoy son los territorios de Bolivia, Argentina, Perú y Colombia. Debido a sus propiedades estimulantes y anestésicas la coca se ha convertido en parte esencial de culturas ancestrales, quienes han empleado sus propiedades mágicas y curativas para evitar el cansancio, mitigar el dolor, curar enfermedades y hasta venerar a los dioses. Los colonizadores europeos rápidamente se dieron cuenta de estos beneficios y de allí fue llevada y comenzó a ser consumida en el viejo continente en donde causó furor al igual que el opio del Medio Oriente y la marihuana de la China. Es así como hasta comienzos del siglo veinte se les recomendaba a los turistas europeos deleitarse con esta “fantástica y reconfortante bebida”; e incluso la industria tampoco fue ajena a sus propiedades adictivas. Por ejemplo, la fábrica de gaseosas Coca-Cola utilizaba (y sigue utilizando) las hojas de coca importadas de manera legal desde el Perú y Bolivia para la fabricación de la bebida.
Primero se dio el auge de la marihuana y con ella vinieron a Sudamérica los compradores norteamericanos con semillas y grandes cantidades de dinero, convirtiendo su tráfico en un fructífero negocio a causa de la prohibición. Unos años después, también del norte, llegó la formula para fabricar la cocaína, un proceso que consistía en transformar en polvo blanco mediante la mezcla con ácidos, gasolina, acetona y otras sustancias altamente tóxicas a la hoja de coca para potenciar y hacer mucho más adictivo el producto final. Comenzando por el Perú y luego extendiéndose hacia Colombia y Bolivia, la producción de “pasta de coca” se ha venido convirtiendo desde los años ochentas y noventas en un negocio muy lucrativo. Las mafias llegaron como en los tiempos de las grandes caucheras a tumbar monte, matar indígenas y transformar para siempre toda una cultura asociada a la planta de coca. Luego vinieron los capos, los ejércitos regulares e irregulares, los colonos, los erradicadores, los comerciantes y toda una cadena que se beneficia del cultivo y la transformación de la planta de coca. La violencia se extendió sobre las regiones productoras como el Alto Huallaga en el Perú, el Chapare de Cochabamba (Bolivia) y la Sierra Nevada de Santa Marta y de la Macarena en Colombia. Y mientras en Bolivia la sindicalización de los productores junto con un fuerte tejido indígena hizo frente a las mafias cocaleras, en Colombia y en menor medida en el Perú, los grandes capos y los ejércitos irregulares se apoderaron totalmente del negocio.
Ahora, la guerra contra las drogas cataloga a todos por igual. Sataniza la coca y a quienes la cultivan, y a la vez se empecina en demostrar que para acabar la adicción y el consumo de la cocaína se debe arrancar hasta la última planta de coca sobre la faz de la tierra. No entienden que el conflicto por un lado se origina con las mafias que se enriquecen con la prohibición y por otro tratar la adicción no como un problema de salud pública sino como un problema delincuencial genera grandes gastos de recursos en control y no en prevención.
Sin embargo, esta ofensiva prohibicionista viene perdiendo terreno y ya la violencia toca a las puertas de los países del norte con mayor intensidad. Funcionarios públicos, investigadores, científicos e incluso miembros de las fuerzas armadas que han participado activamente en la lucha contra las drogas han venido promoviendo la legalización como una salida factible a todo el problema del narcotráfico. Pero mientras se da el tan anhelado debate público, en nuestras selvas ecuatoriales los cultivos de coca siguen siendo fumigados con glifosato que afecta la población rural; al mismo tiempo se conservan intactas las mafias y otros grupos al margen de la ley fortalecidos por las jugosas ganancias de la comercialización de la cocaína; y las comunidades locales e indígenas siguen viviendo en carne propia el flagelo de la guerra, la prohibición y la estigmatización.