sábado, 17 de abril de 2010

La Maquila


Carmen cosía prendas día tras día en una cadena sin fin, en una agonía interminable. Ella era solo un pequeño eslabón en una mesa donde otras cinco mujeres trabajaban llenando pedidos ante la mirada inquisitiva del supervisor. Todas ellas, junto con las otras 2000 trabajadoras de la compañía compartían los mismos sueños, las mismas ilusiones y las mismas angustias.

Hace dos años, Carmen había dejado a sus padres en una pequeña parcela al sur del país y se había embarcado en la aventura que la llevaría en busca de una vida digna y de un buen empleo para poder enviar algunos pesos a su familia. Pero la situación sería muy distinta. Todo se quedaría en sueños de progreso, de salir de pobres.

Tan pronto como llegó a Ciudad Juárez se enlistó en la primera empresa que encontró y luego de unos exámenes médicos y una prueba de embarazo rutinaria para ellos asegurarse de que no sería un pasivo para la compañía, la contrataron de inmediato.

Con tan solo 17 años, Carmen comenzó a coser mangas. Tenía experiencia pues su abuela le había enseñado el oficio desde que tenía uso de razón. Pero esto era diferente. Las agujas de la maquina se movían a una velocidad impresionante y amenazaban con cercenarle los dedos. Todo estaba milimétricamente calculado por los ingenieros y solo se podían gastar 30 segundos en cada camisa. No había tiempo para pensar, ni para el cansancio, ni mucho menos para quejarse. Las caricias de su abuela ahora se convertían en los gritos despiadados del supervisor y los insultos airados de las compañeras porque su lentitud hacia atrasar toda la cadena de producción y perdían dinero.

No entendía como ella era la culpable y no la empresa si siempre trataba de hacer lo mejor, de ser más rápida. Ganaba tan poco que tan solo le alcanzaba para pagar una habitación que la misma compañía le consiguió y que compartía con otras 3 mujeres, todas igual de jóvenes. El resto del dinero lo empleaba para comer algún bocado en la noche ya que los descansos de 3 minutos cada dos horas en el día no le alcanzaban ni para alimentarse.

En los dos años que duró trabajando para la maquila estuvo tentada a seguir a algunas de sus compañeras. Las veía cuando consumían drogas antes de cada turno o las que les suministraba alguno de los supervisores para que trabajaran más rápido y produjesen más. A estos, en cambio, les tocaban los jugosos bonos por el aumento de producción con que compraban autos lujosos o se iban de paseo a algún lugar exótico durante las vacaciones. Carmen tampoco se había dejado tentar por los favores que los supervisores otorgaban como descansos más largos o aumento en el sueldo a cambio de acostarse con ellos.

Un día no aguantó más. Se cansó de ser autómata, del trabajo que le quitaba lentamente el aire y la vida y se quejó con el presidente del sindicato, a quien se le veía frecuentemente con el gerente de la empresa. Al día siguiente la llamaron para que firmara un papel de despido voluntario sin beneficio alguno y le mostraron pruebas de videos y conversaciones que le habían grabado en su sitio de trabajo, en el baño y hasta en el dormitorio en donde tenían cámaras para supuestamente cuidar a los trabajadores. Miró el papel, lo rasgó indignada, dijo que se iba a quejar ante las autoridades y se fue. A la salida tomó un autobús y nunca llegó a su destino. Ni a su dormitorio ni a la finca de sus padres. Nadie volvió a preguntar ni a saber de ella.

* Los homicidios de mujeres en la ciudad fronteriza de Juárez (Méjico) según las autoridades se estiman en unos 400 desde el 2003, pero muchos estimativos locales hablan de más de 5.000 casos. La mayoría son mujeres jóvenes entre 12 y 22 años de edad que llegan de zonas rurales a trabajar en las maquilas. Muchos de estos crímenes siguen en la impunidad. Para mayor información visite:
http://www.mujeresdejuarez.org/
http://www.amigosdemujeres.org/